13 jun 2011

Cuando éramos Jóvenes, Cuando éramos reyes.


Por más que lo pienso no consigo quitarme de la cabeza esa sensación de que algo ha cambiado en mi vida. No es un algo muy relevante, ni ha sido un repentino cambio en mi modo de vivir la vida y de ver las cosas. Ha sido algo así como un muy sutil fundido en negro que ha teñido mi manera de vivir y de enfocar las prioridades. Pequeños y sutiles cambios en mi modo de actuar, de ver el mundo, de reaccionar ante él.
Y sin embargo, me impresiona como soy capaz de volver a encontrar la pasión que una vez tuve por las cosas que durante años me han acompañado. La música que ha estado a mi alrededor durante los últimos 20 años de mi vida no deja de sorprenderme. Me encuentro a mí mismo mirándome al espejo con el brillo en los ojos que una vez tuve cuando era joven, cuando era uno de esos reyes del derroche, intocable, invencible, inagotable. Quizás ahora mi cuerpo se resienta por el paso del tiempo (o por los kilómetros que diría el Dr. Jones), pero mi mente mantiene aún ese espíritu inagotable que cree en la magia que puede generar una sucesión de acordes.
No son pocas las veces que me planteo que sentido puede tener seguir con algo como la música, que ocupa la más preciada de mis posesiones, mi tiempo, y lo hace de un modo casi totalitario, exprimiendo cada momento de mi vida en el que mis obligaciones no me atan a menesteres de menos virtuosismo. Y sin embargo, cada vez que me prometo a mí mismo que es hora de acabar, que es hora de cerrar esa etapa y disponer de mi tiempo en otro modo, tres acordes me devuelven a esa juventud en la que la fe por la música era total, en la que la pasión superaba a el cansancio, en la que la inocencia se enmascaraba en autoconfianza, en la que el dolor se podía camuflar en un estribillo y en la que la constante lucha con mi propia humanidad se rasgaba en el mástil de una guitarra. Ahora la música ya no es rebeldía, ya no es rechazo, ya no es dolor y agonía. Ahora la música es paz, sosiego, es la llave de un estado de inmersión en la más absoluta de las verdades, la que esconde los secretos de la felicidad. Cada acorde rasgueado es un guiño más de experiencia a la vida, cada estrofa cantada un recuerdo al que aferrarse con el cariño que desempolva del baúl de la existencia, cada pequeña pausa una inmensa panorámica de lo que el futuro aún nos depara.
Fuimos reyes y llevamos nuestra corona con el orgullo de un gigante que observa todo aquello que se extiende a su paso con una sonrisa en la boca. Ahora somos sombras de aquellos años, pero en nosotros encuentran cobijo la sabiduría, la pasión, la calma y la felicidad que solo el caminante que ha recorrido una parte del camino sabe desprender de sus conocimientos. Fuimos defensores del sueño, ahora describimos nuestra realidad. Fuimos amantes del exceso, ahora sibaritas del detalle. Fuimos guerreros de la vida, y ahora somos profetas del futuro.
Y aun así, la música sigue siendo el idioma universal que nos ha unido, el rio de la vida que fluye entre nosotros, que nos conecta al universo, y que nos permite intuir, aunque tan solo sea fugazmente, una pequeña muestra de lo que la vida esconde, de su más preciado secreto, la libertad de crecer, la energía de la experiencia, y la seguridad de la esperanza. Que siga sonando.