28 feb 2011

El Pianista


Por más que lo pienso no consigo sacarme de la cabeza una vieja historia que llegó a mis oidos hace ya algun tiempo.

El famoso trotamundos llegó a aquel pequeño pueblo marítimo ras un largo viaje. Extenuado, decidió entrar en un pequeño café a recuperar parte de sus fuerzas y entablar conversación con alguno de los lugareños. Atravesó la puerta giratoria y se acomodó en la barra. Al otro lado, un hombre de mediana edad, unos 40 aproximadamente, le pregunto que iba a tomar. Nuestro trotamundos pidió un vaso de cerveza y, una vez echado el primer trago comenzó a observar con detenimiento la decoración del lugar. Las paredes del pequeño café estaban completamente llenas de fotos de diferentes personalidades, al parecer todas ellas sacadas en el mismo local en el que él se encontraba. Aquel era sin duda un buen tema para sacar algo de conversación. Sin embargo, algo llamó más aún la atención de nuestro viajero. Apoyado contra una de las paredes, totalmente cubierto de polvo, un viejo piano de pared descansaba cerrado. Parecía que había pasado largo tiempo desde la última vez que alguien lo había hecho sonar, si es que alguna vez había llegado a sonar.

Fue quizá la intuición de nuestro joven viajero la que le indicó que tras aquel piano podía esconderse una buena historia, o quizá no fue más que la casualidad que quiso disponer así la historia. En cualquiera de los casos, el famoso trotamundos se acercó al camarero y le preguntó lleno de curiosidad sobre la naturaleza de aquel piano.

“Ese piano hace más de 15 años que permanece cerrado, a la espera del joven maestro que es quien debe volver a hacerlo sonar de nuevo algún día” Dijo una voz desde el fondo de la barra. El trotamundos se giró hacia el lugar de donde provenía la voz, para encontrarse allí a un hombre de unos 50 años, alto, delgado, de pelo negro ya blanqueado en algunos lugares por el paso del tiempo. Aquel hombre se estaba tomando un vaso de bourbon. Apuró un nuevo trago, y al observar la cara de interés del trotamundos, se acercó a él y comenzó a contar la historia que muchos de los clientes habituales de aquel café ya conocían.

“Hubo un tiempo en el que este café podía jactarse de tener los dos mejores pianistas que la región nuca hubiera conocido. Gente de todos lados venía cada noche a escucharlos. Primero salía el joven maestro, un chico de unos 18 años de edad que sin duda era un auténtico virtuoso del piano. Se había pasado toda su vida sentado delante de aquel instrumento, estudiando técnicas, partituras, piezas, autores… Su técnica era impecable. Pulsaba cada tecla en el momento exacto, con la energía exacta. Interpretaba cada una de sus piezas con una ejecución tan impresionante que se decía que nadie en el mundo podría mejorarla. Siempre arrancaba grandes ovaciones del público.

Y después subía al escenario el viejo pianista. Un hombre de unos 60 años del que pocos se aventuraban a hablar. Nadie sabía exactamente de donde provenía, ni lo que había echo durante su larga vida. Tocaba preciosas piezas de gran melancolía, sencillas ejecuciones con sus temblorosos dedos. Muchos eran los que aseguraban que nunca había leído una partitura ni era capaz de hacerlo. Fuera como fuera, su música sonaba a música celestial y siempre llenaba la sala arrancando grandes ovaciones también. De hecho, era el pianista más apreciado de la sala.

Aquella había sido una edad dorada para el local. Grandes personajes de la época vinieron exclusivamente para oír tocar a los dos maestros. Se cuenta que el mismísimo Ray Charles estuvo en este viejo café, escuchando entusiasmado la deliciosa música de nuestros dos maestros.

Sin embargo, y pese a que ambos pianistas eran buenos amigos, la juventud y el ímpetu del joven maestro le empujaron a preguntarse porque no era él el mejor pianista de aquel pequeño café. Aquella idea llegó a obsesionarle. Dedico todas sus horas, todas sus fuerzas a mejorar aún más su técnica. Aprendió aún más difíciles arpegios, piezas de complicada ejecución…Incluso llegó a estudiar minuciosamente el estilo del viejo pianista y a reproducirlo fielmente en sus conciertos. Comía cuando tenía un segundo libre, y no salía de las 4 paredes de su habitación, encerrado golpeando las teclas del piano a todas horas. Todos reconocieron la impresionante mejora del joven maestro, pero sin embargo, seguía siendo el viejo pianista el que seguía arrancando los mayores aplausos. Esto terminó destrozando al joven maestro, que en un arrebato de frustración renunció a volver a tocar el piano nunca más. Recogió su pequeño equipaje, y tras despedirse de su buen amigo el viejo pianista se fue de la ciudad.

Se especuló mucho sobre que podía haber pasado con el joven maestro. Algunos dicen que viajo por el mundo buscando un pianista que fuera capaz de superar a su viejo amigo, otros dicen que se encerró en una habitación de hotel a dejarse morir. Sin embargo, la realidad era muy diferente. Tras haber renunciado al piano, el joven maestro se encontró con una gran cantidad de tiempo libre, tiempo que dedicó a conocer un mundo que durante los años pasados no había podido ni tan siquiera intuir, absorto como estaba en la interpretación.

Y es así como paso el tiempo y, siete años más tarde, durante una actuación del viejo pianista, el joven maestro volvió al pequeño café para escuchar a su viejo amigo, pero esta vez no venía solo. Le acompañaba una hermosa mujer, a la que constantemente sonreía. El viejo pianista seguía siendo tan bueno como siempre, tan increíblemente bueno como lo había sido siete años atrás. La gente seguía ovacionándolo tras el final de cada pieza. Cuando hubo acabado su concierto el joven maestro se acercó a él y comenzaron a compartir sus experiencias de los últimos siete años. El joven maestro le confesó como había encontrado el amor y como, al fin, era un hombre feliz.

De repente, alguien del público pidió que el joven maestro interpretara alguno de sus viejos temas, apoyado por una ovación de los prresentes. Al principio se mostró reticente, pero el empeño de la audiencia y, sobre todo, la insistencia de su viejo amigo hicieron que finalmente subiera al escenario. Saco una de sus viejas partituras del cajón y se dispuso a interpretarla. En ese momento, el viejo pianista se acercó a él, y en un rápido movimiento cogió la partitura y la tiró al suelo. El joven pianista se quedó congelado un momento mientras el viejo pianista cogía una silla y la colocaba en el escenario justo delante del escenario. Después pidió a la mujer que acompañaba al joven maestro que se sentara en ella.

El joven maestro no entendía nada. El viejo pianista se acercó a él y le susurró al oído: “olvídate de la partitura. Te sabes la pieza perfectamente bien, te la he oído tocar mil veces de un modo impecable. Esta vez tócala, pero mientras la tocas mira en sus ojos” dijo indicándola a ella. El joven maestro no entendía nada, pero hizo lo que el viejo pianista le había dicho. Clavo su mirada en los ojos de ella y comenzó a tocar.

Y mientras tocaba, sus miradas comenzaron a hablar transmitiendo sus emociones a través de la música. Él se sintió acogido en los ojos de ella, feliz. Sus dedos comenzaron a deslizarse temblorosamente sobre las teclas, cada nota sonaba como si fuera el mismísimo ángel anunciador el que la estuviese tocando. Una lágrima se deslizó por la mejilla del joven maestro y golpeó una de las teclas cuando la canción llegaba a su fin. La ovación fue atronadora. Finalmente se había convertido en el mejor pianista de la sala. Todos aquellos años enfrascado en técnicas y procesos le habían alejado de serlo, pero ahora sentía, era capaz de amar, y transmitía esos sentimientos con su música. La gente se puso en pie en una cálida ovación. El joven pianista busco con la mirada a su viejo amigo para agradecerle aquella última lección, y lo observó atravesando las puertas del local. Antes de salir se giró a su joven amigo y le dedicó una bonita sonrisa.

Desde aquel día, el joven pianista se convirtió en el pianista oficial del local. Cada noche subía al escenario e interpretaba las mas hermosas canciones que una persona jamás pudiera imaginar.”

Aquel hombre se detuvo un momento para echar un trago de su vaso, momento que nuestro trotamundos aprovecho para preguntar: “¿Y que pasó con el joven pianista? ¿Porqué se fue?”

El hombre de la barra volvió a dejar su vaso en la barra y continuó:

“Una noche Ella se fue. Cogió sus cosas y se fue buscando una nueva vida. El Joven Pianista no fue capaz de superar ese golpe. Esa misma noche escribió una serie de canciones y las interpretó para todos los presentes. Cada una de las canciones robaba un pedacito de alma del Joven Pianista. El público estaba cautivado ante el dolor y el sufrimiento que había sido capaz de plasmar en aquellas notas. Cuando esa noche hubo acabado su interpretación, cerró el piano con su llave y la guardó junto con unas cuartillas en un sobre naranja que aún esta en el armario del fondo” dijo mientras indicaba en dirección a un viejo armario de manera justo al lado del piano. “Después, sin mediar palabra se dirigió a la puerta principal y la atravesó para siempre. Nunca más se ha sabido de aquel joven maestro hasta el día de hoy.

El joven trotamundos estaba impresionado con la historia. Siguió charlando con aquel hombre, que se presentó como John tras un tiempo. Hablaron de las celebridades, de los grandes momentos de aquel café. Poco a poco las personas de aquel bar se fueron marchando, hasta q solo ellos dos quedaban en el local. En ese momento, el joven trotamundos lanzó una pregunta a John.

“¿Alguien sabe que hay en esas cuartillas que el joven pianista guardó?”
John apuró su bebida, se puso el abrigo negro y el sombrero y se acercó al joven trotamundos para susurrarle la respuesta al oído:
“La más hermosa canción nunca escrita. Una canción que nunca llegó a tocar. Una canción que reserva para el día en el que ella vuelva. Ese día el joven pianista volverá a abrir ese piano e interpretará esa canción para ella.” Dicho esto John comenzó a caminar en dirección a la puerta. Justo cuando estaba a punto de atravesarla, una nueva pregunta llegó a sus oídos.

“pero… ¿Cómo sabes que es la canción mas hermosa del mundo si nunca fue interpretada?”

“Muy sencillo” dijo John girándose con una sonrisa en su boca. “Porque yo fui quien la escribió” Lanzó una moneda sobre la barra para pagar su consumición y atravesó la puerta perdiéndose en la niebla de la ciudad.


27 feb 2011

Palabras y/o Palabros


Palabras y Palabros

Por más que lo pienso no puedo llegar a solucionar el problema que se me ha planteado recientemente. Permítanme que les exponga del modo más breve posible la situación. Una sociedad me había solicitado que por favor expusiera en forma de breve presentación oral una serie de puntos de vista sobre el lenguaje en la sociedad actual. La exposición tendría lugar en una sala de conferencias a la que acudirían un gran número de catedráticos y doctores, así como psicólogos, sociólogos y otros pensadores en general. Semejante honor sin duda requería un Esfuerzo dialéctico del más alto nivel, así que decidí aceptar el reto y pronto comencé a plantear mi discurso.

Me senté ante la siempre temida hoja en blanco y comencé a escribir: “Estimados amigos…” un comienzo clásico, pero no exento de solemnidad. Sin embargo, observe que en respeto de las normas protocolarias y de lo debidamente correcto, dicho comienzo podría parecer sexista, al ser exclusivamente en masculino, así que decidí modificarlo en: “Estimados amigos y amigas”. No obstante aún me resultó un comienzo un tanto desacertado en cuanto a protocolo, ya que con él parecía dirigirme tan solo a una pequeña parte del público, que serían mis amigos, dejando al resto de los oyentes de lado. Si no se entendiera así, todas aquellas grandes mentes podrían pensar por otro lado que me tomaba un exceso de confianza tratándolos como amigos sin tan siquiera conocerlos personalmente, así que modifique nuevamente mi entrada de la siguiente manera: “Estimados amigos y amigas y resto de personas aquí presentes” Pronto me dí cuenta de que utilizar el termino “resto de personas podría resultar vulgar, a la par que despectivo, así que decidí una nueva modificación, más acorde al nivel al que debía estar el discurso: “Estimados amigos, amigas, doctores, doctoras y demás personas del gremio” Aquella modificación sin duda salvaba los problemas preeliminares. No obstante, el termino “del gremio” me pareció un tanto arcaico y despectivo, en cuanto a considerar a grandes genios de sus ramas como gremiales, así que decidí nuevamente modificar aquella entrada: “Estimados amigos, amigas, doctores, doctoras y demás mentes preclaras del mundo científico”. Aquella salida sin duda había conseguido subsanar los problemas previos.

No obstante observé consternado una nueva dificultad. Al acercarme a cierta parte del público como amigos y amigas, dejaba de lado aquellas personas que pudieran no tenerme especial simpatía, y que sin embargo mostraban un claro respeto por mi opinión presentándose a mi charla, incluso a pesar de que fuera para argumentar en contra de mis ideas. Semejante muestra de civismo y dialéctica no podría quedar exenta en mi presentación, así que nuevamente fue modificada: Estimados amigos, amigas, doctores, doctoras y demás mentes preclaras del mundo científico, además de detractores, detractoras (evitemos el sexismo) y enemigos y enemigas (sexismo)” No obstante, utilizar el termino “estimados tanto para amigos como para detractores y enemigos no haría más que mostrarme como un hipócrita redomado, lo que echaría por tierra toda la atención de mis oyentes al perder mi credibilidad. Así que en honor a la sinceridad opté por un nuevo comienzo: “Estimados amigos, amigas, doctores, doctoras y demás mentes preclaras del mundo científico. No tan estimados (debemos ser políticamente correctos) detractores, detractoras, enemigos y enemigas…” Aquel comienzo si podía cerrarse finalmente con un “buenos días”.

Pero en ese momento se generó un nuevo inconveniente. En pleno siglo xxi, en el que las videoconferencias nos permiten estar en contacto con todas partes del mundo simultáneamente, esta presentación dejaría de lado a aquellas personas que estuvieran siguiendo la charla en otros puntos del planeta. Así que decidí cambiarlo nuevamente a: “Estimados amigos, amigas, doctores, doctoras y demás mentes preclaras del mundo científico. No tan estimados detractores y detractoras, enemigos y enemigas, buenos días si están ustedes presencialmente en la sala con nosotros y tardes y/o noches si se encuentran en una franja horaria y/o del día diferente a la que disfrutamos en este momento en este lugar”. Una vez leído esto, observé que el hecho de recalcar que disfrutamos de dicha franja horario podría dejar en una posición inferior las diferentes franjas horarias adicionales, con lo cual decidí hacer una ligera modificación a la presentación: “Estimados amigos, amigas, doctores, doctoras y demás mentes preclaras del mundo científico. No tan estimados detractores y detractoras, enemigos y enemigas, buenos días si están ustedes presencialmente en la sala con nosotros y tardes y/o noches si se encuentran disfrutando de una franja horaria y/o del día diferente a la nuestra”. El hecho de dar por supuesto que disfrutaran de dicha franja horaria podría ser interpretado como un intento de manipulación del oyente, así que decidí modificarlo nuevamente de la siguiente manera: “Estimados amigos, amigas, doctores, doctoras y demás mentes preclaras del mundo científico. No tan estimados detractores y detractoras, enemigos y enemigas, buenos días si están ustedes presencialmente en la sala con nosotros y tardes y/o noches si se encuentran disfrutando de una franja horaria y/o del día diferente a la que disfrutamos en este momento en este lugar, en caso de que la estuvieran disfrutando, lamentando el hecho de que no lo estuvieran haciendo en el caso de que así fuera.”

Finalmente había dado con el encabezado perfecto. No obstante una vez leído nuevamente me di cuenta de un clamoroso error que había pasado por alto. El uso de los adjetivos calificativos había quedado limitado accidentalmente al genero masculino de la interlocución, así que decidí subsanar dicho problema con presteza: “Estimados y estimadas amigos, amigas, doctores, doctoras y demás mentes preclaras del mundo científico. No tan estimados ni estimadas detractores y detractoras, enemigos y enemigas, buenos días si están ustedes y ustedes (al utilizar el término doblemente me aseguro de que ambos géneros reciban el mismo trato) presencialmente en la sala con nosotros y tardes y/o noches si se encuentran disfrutando de una franja horaria y/o del día diferente a la que disfrutamos en este momento en este lugar, en caso de que la estuvieran disfrutando, lamentando el hecho de que no lo estuvieran haciendo en el caso de que así fuera.” Aquello sin lugar a dudas concluía todo problema con respecto al género que pudiera haberse generado, de un modo sutil y elegante. No obstante, nuevamente un problema sacudió mi mente al observar que, lamentar el hecho de que no disfruten del periodo del día en el que se encuentran podría resultar políticamente incorrecto y ofensivo, al ser entendido como un tono paternalista que colocara al interlocutor en una posición de poder con respecto al discurso. Para evitar dicho error decidí modificar nuevamente el comienzo: “Estimados y estimadas amigos, amigas, doctores, doctoras y demás mentes preclaras del mundo científico. No tan estimados ni estimadas detractores y detractoras, enemigos y enemigas, buenos días si están ustedes y ustedes presencialmente en la sala con nosotros y tardes y/o noches si se encuentran disfrutando de una franja horaria y/o del día diferente a la que disfrutamos en este momento en este lugar, en caso de que la estuvieran disfrutando, lamentando el hecho de que no lo estuvieran haciendo en el caso de que así fuera, al igual que sin duda alguna ustedes lamentarían también el hecho de que nosotros no disfrutáramos del nuestro del modo recíproco en el que sin duda alguna lo harían dos personas de absoluta paridad” Este último retoque me pareció excesivamente elitista, ya que podría hacer entender que existen personas que no están a la par que otras, así que añadí una aclaración más a la misma: :“Estimados y estimadas amigos, amigas, doctores, doctoras y demás mentes preclaras del mundo científico. No tan estimados ni estimadas detractores y detractoras, enemigos y enemigas, buenos días si están ustedes y ustedes presencialmente en la sala con nosotros y tardes y/o noches si se encuentran disfrutando de una franja horaria y/o del día diferente a la que disfrutamos en este momento en este lugar, en caso de que la estuvieran disfrutando, lamentando el hecho de que no lo estuvieran haciendo en el caso de que así fuera, al igual que sin duda alguna ustedes lamentarían también el hecho de que nosotros no disfrutáramos del nuestro del modo recíproco en el que sin duda alguna lo harían dos personas de absoluta paridad, que sin duda son todos aquellos y aquellas seres humanos y humanas que pueblan este mundo que llamamos planeta tierra”.

Llegados a este punto comencé a preocuparme de la posibilidad de que, si tal y como creo (o crea) existe vida más allá de la tierra, quizás este discurso pudiera llegar a sus oídos si los tuvieran (y/o tuviesen) pudiendo llegar a ofenderse por semejante exclusión. Así que nuevamente ajusté el comienzo de un modo más acertado: “Estimados y estimadas amigos, amigas, doctores, doctoras y demás mentes preclaras del mundo científico. No tan estimados ni estimadas detractores y detractoras, enemigos y enemigas, buenos días si están ustedes y ustedes presencialmente en la sala con nosotros y tardes y/o noches si se encuentran disfrutando de una franja horaria y/o del día diferente a la que disfrutamos en este momento en este lugar, en caso de que la estuvieran disfrutando, lamentando el hecho de que no lo estuvieran haciendo en el caso de que así fuera, al igual que sin duda alguna ustedes lamentarían también el hecho de que nosotros no disfrutáramos del nuestro del modo recíproco en el que sin duda alguna lo harían dos personas de absoluta paridad, que sin duda son todos aquellos y aquellas seres humanos y humanas que pueblan este mundo que llamamos planeta tierra, y adicionalmente y sin lugar a dudas la misma paridad que presentarían aquellas formas de vida ajenas (y/o/u ajenos) a nuestra pequeña bola azul que pudieran sentirse ofendidas ante cualquier insinuación de que su existencia pudiera (y/o/u pudiese) ser considerada, o acaso fuese considerada en si misma como inferior o/y/e inadecuada para la mente humana y humano que intentara comprender su modo y moda de entender el universo”.

Por fin cerré satisfecho el documento de texto en cuestión. Sin lugar a dudas soy el rey de lo políticamente correcto.

25 feb 2011

Un Hombre de Ciencia



Un Hombre de Ciencia.

Por más que lo pienso no logro quitarme de la cabeza como la ciencia ha tomado control sobre el ser humano de un modo peligroso. No me entiendan mal, no soy uno de esos herméticos ascetas que renuncia de todo avance científico. Al contrario me considero muy partidario de ellos, y me gusta agarrarme a la ciencia para explicar el mundo que nos rodea. Pero eso no evita que siga viéndola como una creación humana, y como tal, plausiblemente imperfecta.

Lo que me llega a preocupar es el hecho de que cierta parte de la comunidad científica haya perdido esa “objetividad subjetiva” (un término un tanto extraño que me gusta utilizar para referirme a una objetividad individual, es decir, subyugada a la subjetividad, ya que no se puede ser objetivo siendo una persona. Bueno, un peñazo de explicación en el que no merece la pena detenernos ahora) que les recuerde que la ciencia viene del hombre, y no al revés. Algunos nuevos científicos (y no me refiero solamente a la gente de bata blanca, sino a estudiantes de carreras científicas, y profesionales de las mismas: asesores, matemáticos, físicos, psicólogos, etc…) parecen haber abierto una guerra contra el humanismo, intentando convertirlo en una actividad superflua carente de sentido en una existencia totalmente ponderable. La medicina ha conseguido reducir el dolor a una escala numérica, la psiquiatría se empeña en simplificar los sentimientos a meras reacciones químicas cerebrales. Dentro de un campo tan clínicamente esterilizado es imposible dejar florecer algún símbolo de humanidad que nos identifique.

Y sin embargo las humanidades, sobre las que caen las tormentas de la sociedad actual, obsesionada con la productividad, siguen abriéndose paso con esfuerzos sobrehumanos, para evitar ser borradas de un mundo cada vez más numerizado. Se intenta convencer a la sociedad de que no es importante sentir, disfrutar del arte, que las emociones son un lastre que limita el desarrollo (especialmente el profesional, que parece ser el único desarrollo importante hoy en día), y se nos desarraiga de nuestro propio nombre, la representación más importante en el plano expresivo de nuestra personalidad, para convertirnos en un número más (el de teléfono, el DNI, el de la cuenta del banco, etc…)

Pero como yo suelo expresar con cierto tono irónico siempre que inicio una conversación animada sobre la necesidad de la existencia de las letras con alguno de estos autómatas de las ciencias con los que en ocasiones me he encontrado, antes de que el 1 existiera, la palabra uno ya lo definía, y vuestro propio lenguaje, del que tanto os habéis jactado durante años no existiría sino pudierais comunicarlo con el poder inigualable de la palabra. La ciencia ha explicado el placer que produce un buen vaso de vino, pero no ha conseguido transmitir dicho placer en sí mismo por muchas explicaciones que dé del mismo. Puede definir al hombre, apartándolo de toda su maravillosa humanidad, pero no puede suplantarlo.

Y sin embargo, la guerra abierta contra las letras tiene un fondo más oscuro del que mucha gente pueda imaginar. El poder del discurso es enorme y su capacidad terriblemente peligrosa. La mente humana sin creatividad es una mente muerta, terreno estéril, fácilmente maleable con ecuaciones y silogismos para convertirlo en una pieza más del autómata global en el que se quiere convertir al ser humano. Foucault ya había hablado del poder de la palabra hace tiempo, y no es ningún secreto, ya que muchos de los grandes personajes que realizaron cambios sociales a lo largo de la historia eran maestros de la retórica y de la dialéctica.

Así que si me lo permiten, seguiré maravillándome con los nuevos descubrimientos científicos que nos esperan, y disfrutando de aquello a lo que la ciencia es capaz de llegar, desde estrellas a millones de años luz de nuestra casa hasta partículas tan diminutas de nuestro cuerpo como nuestra mente pueda imaginar. Y allá donde la mente marque su frontera, dejaré que mi capacidad para pensar, mi humanidad, siga su camino. Y dejaré que aquellos grandes pensadores que marcaron ese camino iluminen mi mente en el proceso más difícil de todos: sentir.

23 feb 2011

Princesas de barrio


Princesas de barrio.

Por más que lo pienso no logro quitarme de la cabeza una preocupación latente que día a día va creciendo y nublando mi mente. Me pregunto si la televisión es reflejo de la sociedad, o si por el contrario la sociedad se convierte en reflejo de la televisión. Y lo peor de todo es que en cualquiera de los dos casos, la respuesta me hace temblar de pánico.

No me considero una de esas personas ya anticuadas, de valores obsoletos y fuera de lugar, de esos que se escandalizan fácilmente. Y sin embargo me alarma en extremo la falta de valores, o bien la sustitución de estos por otros de dudosa calidad, que la sociedad actual se jacta en presentarnos. Hace varias semanas ya que no encuentro gran cosa para ver en la televisión. Mi variedad de canales ha aumentado en modo considerable, y sin embargo cada vez puedo ver (o quiero ver) menos la televisión. Me siento como un extraño monstruo de piel azul cada vez que mis ojos recalan en alguno de los programas de máxima audiencia de la parrilla. Debido a ello he optado a disfrutar de una vieja serie que ha sido condenada al ostracismo televisivo desde hace años, y que considero que debería recuperarse cuanto antes, como es Frasier.

He visto ya a lo largo del último mes seis temporadas completas de dicha serie (benditas descargas de series, y mis manos tiemblan ante la ley Sinde, ahora más que nunca) y me ha llevado a preguntarme: ¿qué es lo que ha pasado con el sentido del humor que entonces se seguía, con el modo de vida que entonces las televisiones nos ofrecían, con los personajes que entonces observábamos con simpatía (y empatía)? Han sido sustituidos por extraños peleles sin cerebro que se dedican a airear trapos sucios de otros extraños peleles sin cerebro. Se retroalimentan así mismos, generando una constante vorágine de detritus que invaden cada hora las salas de estar de nuestra sociedad. Y nuestros jóvenes se han convertido en sus principales seguidores.

No hace mucho tiempo a la gente le gustaba pensar en su futuro como futuros abogados, médicos, arquitectos, porque no, futbolistas (pese a que no soy un gran seguidor del mal llamado “deporte rey” lo prefiero mil veces a cualquiera de las múltiples bazofias ofrecidas en televisión a día de hoy). Hoy sin embargo las aspiraciones máximas suelen ser alcanzar esos quince minutos de fama que la televisión ha decidido ofrecer a lo más estrafalario de la escena social. Quieren llegar a la casa de gran hermano, ser como esos ídolos de carne y hueso, a los que adoran por su aparente éxito, identificándose con ellos por venir de la misma calle, en la que ellos viven.

Pero estimados programadores, en la calle hay algo más que triunfitos, princesas de barrio, y millonarias derrochadoras que no se avergüenzan en demostrar como dilapidar su dinero en plena década de crisis. La gente normal, esa que debería ser en la que los jóvenes fijaran sus modelos a seguir, ha quedado relegada a las sombras que proyectan musculitos sin cerebro, vampiros de purpurina, cantantes de karaoke y reinas barriobajeras de Mc Donalds. Hemos perdido el rumbo ahogados en la putrefacción de nuestras televisiones, mientras se aplaude a gente como Berlusconi con frases tan lapidantes como “menudo tío” o “todos queremos ser Berlusconi”, y alimentamos un culto a lo efímero y superfluo en una cultura arrasada por la necesidad del placer instantáneo, una necesidad casi tan aplastante como una droga que ha anulado la capacidad de lucha y el espíritu de superación de las futuras generaciones.

Seguid danzando al son de los 40 y alimentándoos de comida basura americana, mientras las princesas de barrio se pasean en sus coches tuneados con esa nueva oleada de jóvenes que solo sueñan con emborracharse el siguiente fin de semana. Yo por mi parte me sentaré una tarde más a disfrutar de los delirantes hermanos Crane, psiquiatras plagados de complejos y amantes del esnobismo, preguntándome que parte de mí se ha quedado anclada en una vida que no puedo vivir en los años que me han tocado.

22 feb 2011

3 piedras despues del sol


3 piedras después del sol.

Cada vez que surge la conversación, y yo declaro abiertamente que creo en los extraterrestres, los contertulios que me rodean, y muy especialmente los que conocen mi carácter analítico, se quedan boquiabiertos, con los ojos como platos, atónitos ante semejante declaración. Minutos más tarde, y tras argumentar dicha exposición normalmente suelen darme la razón, ya que, por regla general no solemos estar muy lejos en nuestros puntos de vista al respecto.

Me parece una increíble muestra de arrogancia (muy característica del ser humano por otro lado) el considerar que, en un Universo infinito, en el que los sistemas solares se podrían contabilizar por billones, la vida tan solo pueda haber tenido lugar en este pequeño planeta azul, no más que un mísero y diminuto guijarro, una mísera mota de polvo en la inmensidad del cosmos.

El problema suele radicar entre lo que una persona dice, y lo que el resto de personas tienden a entender. Por algún extraño mecanismo de comprensión un tanto incomprensible (no podía resistirme al juego de palabras, casi infantil, pero delicioso) mi declaración, en primeras impresiones, suele colocarme en primera línea de los cazadores de ovnis, trasnochando en gélidas noches a la caza de un destello al que poder calificar como un encuentro con pequeños seres verdes que vienen de visita a nuestro planeta. Nada más lejos de la realidad. Mi base para la creencia de la vida extraterrestre se basa plenamente en la demostración matemática casi indiscutible que defiende que, estadísticamente es imposible que estemos solos en el universo. Pero de ahí a que nuestros vecinos más o menos cercanos se paseen por nuestra casa a sus anchas hay años luz de diferencia. Más aún si usamos el sentido común para considerar que, incluso en el caso de que así fuera (cosa que mantengo, no defiendo en absoluto) una forma de vida tan avanzada como para poder descubrir los secretos tecnológicos para poder viajar a los confines del universo, no iba a dejarse ver con tanta facilidad, aparcando sus enormes y excéntricos platillos volantes en doble fila en plena noche, con todas las luces de emergencia centelleantes.

Bromas aparte, el debate sobre la posible existencia de vida extraterrestre sirve para poder analizar si cabe más en profundidad la vida dentro de nuestro planeta. Como si del reflejo de un espejo se tratara, el tema a tratar dibuja al ser humano como un ser arrogante, que intenta convencerse a sí mismo de su grandeza para poder encontrar en ella cierto sentido a una vida que la casualidad (y no la causalidad) le ha otorgado. Reconocer con total seguridad la existencia de vida más allá de los confines de nuestra galaxia implicaría reconocer la ínfima importancia a nivel cósmico de nuestra existencia, la existencia de aquellos quienes durante siglos, y a día de hoy continúan haciéndolo, se han considerado el centro del universo, y a quienes los cambios que abrían ligeramente la brecha de la realidad mostrando lo erróneo de dicha afirmación, les ha costado admitir notablemente. Aún recordamos el purificador fuego que evitó que muchos grandes científicos aportaran sus descubrimientos, al abrigo de una férrea fe que temía perder al hombre como centro del universo, y a sus temores como engranaje de sus creencias.

Y seguimos buscando vida allá arriba, con la esperanza de encontrar un atisbo de verdad en las estrellas, y a su vez con el miedo (por otro lado sensato) de que terminemos encontrándola. No sabemos que o quien existe y cohabita en nuestro universo, pero con nuestra más que denotada arrogancia hemos lanzado megáfonos con nuestra cultura, nuestras costumbres, nuestras creencias, a un oscuro vacío, esperando algún tipo de respuesta. Sinceramente, ¿alguno de vosotros suele responder al zumbido de las alas de un mosquito con algo más que indiferencia, o aplastándolo si se convierte en una molestia innecesaria?

21 feb 2011

El Último Vagabundo


El Último Vagabundo.

Por más que lo pienso no logro entender como en la sociedad actual hemos perdido la capacidad de deleitarnos con los medios, obsesionados hasta tal punto con el fin que nos ciega en si mismo. El viaje ya no es gozo y deleite, necesitados de llegar al destino que deseamos alcanzar, y perdiendo las experiencias vitales existentes en el camino. Quizás sea la velocidad extremadamente precipitada con la que la vida nos empuja, la que nos haya llevado sin darnos cuenta a esta ceguera total con la que afrontamos la vida.

Y sin embargo, los pequeños placeres de la vida, que hasta ahora me han demostrado ser los mejores de la misma, se encuentran todos en ese proceso natural de avance que llamamos “camino”. Ese proceso natural en el que hay que detenerse, lo que implica una inversión de tiempo que mucha gente no está dispuesta a realizar en la sociedad de hoy. Como aquellos hombres grises que Michael Ende presentaba en su novela, nos movemos azarosa y apresuradamente por la vida, intentando guardar y atesorar cada segundo de ella, escondiéndolo en una caja fuerte en nuestra mente, engañándonos a nosotros mismos a sabiendas de que el tiempo se escapa entre nuestros dedos sin poder evitarlo. Creemos que optimizar dicho tiempo nos dará la respuesta a nuestra vida, el sentido que buscamos en ella, y nos sentimos bien porque en realidad esa optimización nos impide afrontar nuestra propia fragilidad. Pero esa sensación de bienestar no dura más allá del momento en el que la vida se presenta ante nosotros, absolutamente real e innegable, demasiadas veces muy tarde para poder rectificar. Y nos lamentamos de las ocasiones perdidas, ofuscados en nuestras posesiones, en nuestro dinero, en nuestras necesidades autoimpuestas, mientras entendemos finalmente, que nuestra mas valiosa posesión, nuestro tiempo, se ha ido escapando lentamente de nuestra vida sin haber sabido darle la importancia adecuada.

El último vagabundo disfruta de ese tiempo. Se aferra a sus posibilidades y las adapta a sus necesidades para que le permitan disfrutar de la vida. Se para en cada pequeño pueblo en su camino a conocer a sus gentes, a visitar sus casas, a observar sus vistas, se sienta a ver cada atardecer y se levanta para disfrutar de cada amanecer. Disfruta de los pequeños placeres de la vida, como un buen vino (no necesariamente increíblemente costoso), una buena conversación, una buena aventura gastronómica, una buena canción, una buena historia, una buena amistad…Se deleita ante la magnificencia del amor, acepta las dificultades de la vida afrontándolas de un modo positivo y siempre continua su camino, un camino sin destino, sencillamente un camino que existe por el mero hecho de caminar.

Recuerdo recientemente una conversación en la que pregunté a mi interlocutor, ante la complicada situación social que vivimos, que pasaría si perdiera su trabajo, su único medio de ganarse la vida, y acabara en la calle, sin casa, sin tener un plato de comida seguro. El me contesto que incluso ante una situación así podría sacar lo mejor de ella “nada me ataría para poder hacer una de las cosas que siempre he deseado hacer, viajar” Ligero de equipaje, y con la única certeza de que al día siguiente amanecería de nuevo, con o sin él, el último vagabundo deambularía entre las grises caras de las personas que poblaran cualquier ciudad. Nunca creería que es mejor o peor que ninguna de esas personas, sencillamente viviría su vida según los designios del único juez que acaso pueda juzgar cualquiera de las nuestras: el tiempo.