25 feb 2011

Un Hombre de Ciencia



Un Hombre de Ciencia.

Por más que lo pienso no logro quitarme de la cabeza como la ciencia ha tomado control sobre el ser humano de un modo peligroso. No me entiendan mal, no soy uno de esos herméticos ascetas que renuncia de todo avance científico. Al contrario me considero muy partidario de ellos, y me gusta agarrarme a la ciencia para explicar el mundo que nos rodea. Pero eso no evita que siga viéndola como una creación humana, y como tal, plausiblemente imperfecta.

Lo que me llega a preocupar es el hecho de que cierta parte de la comunidad científica haya perdido esa “objetividad subjetiva” (un término un tanto extraño que me gusta utilizar para referirme a una objetividad individual, es decir, subyugada a la subjetividad, ya que no se puede ser objetivo siendo una persona. Bueno, un peñazo de explicación en el que no merece la pena detenernos ahora) que les recuerde que la ciencia viene del hombre, y no al revés. Algunos nuevos científicos (y no me refiero solamente a la gente de bata blanca, sino a estudiantes de carreras científicas, y profesionales de las mismas: asesores, matemáticos, físicos, psicólogos, etc…) parecen haber abierto una guerra contra el humanismo, intentando convertirlo en una actividad superflua carente de sentido en una existencia totalmente ponderable. La medicina ha conseguido reducir el dolor a una escala numérica, la psiquiatría se empeña en simplificar los sentimientos a meras reacciones químicas cerebrales. Dentro de un campo tan clínicamente esterilizado es imposible dejar florecer algún símbolo de humanidad que nos identifique.

Y sin embargo las humanidades, sobre las que caen las tormentas de la sociedad actual, obsesionada con la productividad, siguen abriéndose paso con esfuerzos sobrehumanos, para evitar ser borradas de un mundo cada vez más numerizado. Se intenta convencer a la sociedad de que no es importante sentir, disfrutar del arte, que las emociones son un lastre que limita el desarrollo (especialmente el profesional, que parece ser el único desarrollo importante hoy en día), y se nos desarraiga de nuestro propio nombre, la representación más importante en el plano expresivo de nuestra personalidad, para convertirnos en un número más (el de teléfono, el DNI, el de la cuenta del banco, etc…)

Pero como yo suelo expresar con cierto tono irónico siempre que inicio una conversación animada sobre la necesidad de la existencia de las letras con alguno de estos autómatas de las ciencias con los que en ocasiones me he encontrado, antes de que el 1 existiera, la palabra uno ya lo definía, y vuestro propio lenguaje, del que tanto os habéis jactado durante años no existiría sino pudierais comunicarlo con el poder inigualable de la palabra. La ciencia ha explicado el placer que produce un buen vaso de vino, pero no ha conseguido transmitir dicho placer en sí mismo por muchas explicaciones que dé del mismo. Puede definir al hombre, apartándolo de toda su maravillosa humanidad, pero no puede suplantarlo.

Y sin embargo, la guerra abierta contra las letras tiene un fondo más oscuro del que mucha gente pueda imaginar. El poder del discurso es enorme y su capacidad terriblemente peligrosa. La mente humana sin creatividad es una mente muerta, terreno estéril, fácilmente maleable con ecuaciones y silogismos para convertirlo en una pieza más del autómata global en el que se quiere convertir al ser humano. Foucault ya había hablado del poder de la palabra hace tiempo, y no es ningún secreto, ya que muchos de los grandes personajes que realizaron cambios sociales a lo largo de la historia eran maestros de la retórica y de la dialéctica.

Así que si me lo permiten, seguiré maravillándome con los nuevos descubrimientos científicos que nos esperan, y disfrutando de aquello a lo que la ciencia es capaz de llegar, desde estrellas a millones de años luz de nuestra casa hasta partículas tan diminutas de nuestro cuerpo como nuestra mente pueda imaginar. Y allá donde la mente marque su frontera, dejaré que mi capacidad para pensar, mi humanidad, siga su camino. Y dejaré que aquellos grandes pensadores que marcaron ese camino iluminen mi mente en el proceso más difícil de todos: sentir.

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