23 feb 2011

Princesas de barrio


Princesas de barrio.

Por más que lo pienso no logro quitarme de la cabeza una preocupación latente que día a día va creciendo y nublando mi mente. Me pregunto si la televisión es reflejo de la sociedad, o si por el contrario la sociedad se convierte en reflejo de la televisión. Y lo peor de todo es que en cualquiera de los dos casos, la respuesta me hace temblar de pánico.

No me considero una de esas personas ya anticuadas, de valores obsoletos y fuera de lugar, de esos que se escandalizan fácilmente. Y sin embargo me alarma en extremo la falta de valores, o bien la sustitución de estos por otros de dudosa calidad, que la sociedad actual se jacta en presentarnos. Hace varias semanas ya que no encuentro gran cosa para ver en la televisión. Mi variedad de canales ha aumentado en modo considerable, y sin embargo cada vez puedo ver (o quiero ver) menos la televisión. Me siento como un extraño monstruo de piel azul cada vez que mis ojos recalan en alguno de los programas de máxima audiencia de la parrilla. Debido a ello he optado a disfrutar de una vieja serie que ha sido condenada al ostracismo televisivo desde hace años, y que considero que debería recuperarse cuanto antes, como es Frasier.

He visto ya a lo largo del último mes seis temporadas completas de dicha serie (benditas descargas de series, y mis manos tiemblan ante la ley Sinde, ahora más que nunca) y me ha llevado a preguntarme: ¿qué es lo que ha pasado con el sentido del humor que entonces se seguía, con el modo de vida que entonces las televisiones nos ofrecían, con los personajes que entonces observábamos con simpatía (y empatía)? Han sido sustituidos por extraños peleles sin cerebro que se dedican a airear trapos sucios de otros extraños peleles sin cerebro. Se retroalimentan así mismos, generando una constante vorágine de detritus que invaden cada hora las salas de estar de nuestra sociedad. Y nuestros jóvenes se han convertido en sus principales seguidores.

No hace mucho tiempo a la gente le gustaba pensar en su futuro como futuros abogados, médicos, arquitectos, porque no, futbolistas (pese a que no soy un gran seguidor del mal llamado “deporte rey” lo prefiero mil veces a cualquiera de las múltiples bazofias ofrecidas en televisión a día de hoy). Hoy sin embargo las aspiraciones máximas suelen ser alcanzar esos quince minutos de fama que la televisión ha decidido ofrecer a lo más estrafalario de la escena social. Quieren llegar a la casa de gran hermano, ser como esos ídolos de carne y hueso, a los que adoran por su aparente éxito, identificándose con ellos por venir de la misma calle, en la que ellos viven.

Pero estimados programadores, en la calle hay algo más que triunfitos, princesas de barrio, y millonarias derrochadoras que no se avergüenzan en demostrar como dilapidar su dinero en plena década de crisis. La gente normal, esa que debería ser en la que los jóvenes fijaran sus modelos a seguir, ha quedado relegada a las sombras que proyectan musculitos sin cerebro, vampiros de purpurina, cantantes de karaoke y reinas barriobajeras de Mc Donalds. Hemos perdido el rumbo ahogados en la putrefacción de nuestras televisiones, mientras se aplaude a gente como Berlusconi con frases tan lapidantes como “menudo tío” o “todos queremos ser Berlusconi”, y alimentamos un culto a lo efímero y superfluo en una cultura arrasada por la necesidad del placer instantáneo, una necesidad casi tan aplastante como una droga que ha anulado la capacidad de lucha y el espíritu de superación de las futuras generaciones.

Seguid danzando al son de los 40 y alimentándoos de comida basura americana, mientras las princesas de barrio se pasean en sus coches tuneados con esa nueva oleada de jóvenes que solo sueñan con emborracharse el siguiente fin de semana. Yo por mi parte me sentaré una tarde más a disfrutar de los delirantes hermanos Crane, psiquiatras plagados de complejos y amantes del esnobismo, preguntándome que parte de mí se ha quedado anclada en una vida que no puedo vivir en los años que me han tocado.

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