
3 piedras después del sol.
Cada vez que surge la conversación, y yo declaro abiertamente que creo en los extraterrestres, los contertulios que me rodean, y muy especialmente los que conocen mi carácter analítico, se quedan boquiabiertos, con los ojos como platos, atónitos ante semejante declaración. Minutos más tarde, y tras argumentar dicha exposición normalmente suelen darme la razón, ya que, por regla general no solemos estar muy lejos en nuestros puntos de vista al respecto.
Me parece una increíble muestra de arrogancia (muy característica del ser humano por otro lado) el considerar que, en un Universo infinito, en el que los sistemas solares se podrían contabilizar por billones, la vida tan solo pueda haber tenido lugar en este pequeño planeta azul, no más que un mísero y diminuto guijarro, una mísera mota de polvo en la inmensidad del cosmos.
El problema suele radicar entre lo que una persona dice, y lo que el resto de personas tienden a entender. Por algún extraño mecanismo de comprensión un tanto incomprensible (no podía resistirme al juego de palabras, casi infantil, pero delicioso) mi declaración, en primeras impresiones, suele colocarme en primera línea de los cazadores de ovnis, trasnochando en gélidas noches a la caza de un destello al que poder calificar como un encuentro con pequeños seres verdes que vienen de visita a nuestro planeta. Nada más lejos de la realidad. Mi base para la creencia de la vida extraterrestre se basa plenamente en la demostración matemática casi indiscutible que defiende que, estadísticamente es imposible que estemos solos en el universo. Pero de ahí a que nuestros vecinos más o menos cercanos se paseen por nuestra casa a sus anchas hay años luz de diferencia. Más aún si usamos el sentido común para considerar que, incluso en el caso de que así fuera (cosa que mantengo, no defiendo en absoluto) una forma de vida tan avanzada como para poder descubrir los secretos tecnológicos para poder viajar a los confines del universo, no iba a dejarse ver con tanta facilidad, aparcando sus enormes y excéntricos platillos volantes en doble fila en plena noche, con todas las luces de emergencia centelleantes.
Bromas aparte, el debate sobre la posible existencia de vida extraterrestre sirve para poder analizar si cabe más en profundidad la vida dentro de nuestro planeta. Como si del reflejo de un espejo se tratara, el tema a tratar dibuja al ser humano como un ser arrogante, que intenta convencerse a sí mismo de su grandeza para poder encontrar en ella cierto sentido a una vida que la casualidad (y no la causalidad) le ha otorgado. Reconocer con total seguridad la existencia de vida más allá de los confines de nuestra galaxia implicaría reconocer la ínfima importancia a nivel cósmico de nuestra existencia, la existencia de aquellos quienes durante siglos, y a día de hoy continúan haciéndolo, se han considerado el centro del universo, y a quienes los cambios que abrían ligeramente la brecha de la realidad mostrando lo erróneo de dicha afirmación, les ha costado admitir notablemente. Aún recordamos el purificador fuego que evitó que muchos grandes científicos aportaran sus descubrimientos, al abrigo de una férrea fe que temía perder al hombre como centro del universo, y a sus temores como engranaje de sus creencias.
Y seguimos buscando vida allá arriba, con la esperanza de encontrar un atisbo de verdad en las estrellas, y a su vez con el miedo (por otro lado sensato) de que terminemos encontrándola. No sabemos que o quien existe y cohabita en nuestro universo, pero con nuestra más que denotada arrogancia hemos lanzado megáfonos con nuestra cultura, nuestras costumbres, nuestras creencias, a un oscuro vacío, esperando algún tipo de respuesta. Sinceramente, ¿alguno de vosotros suele responder al zumbido de las alas de un mosquito con algo más que indiferencia, o aplastándolo si se convierte en una molestia innecesaria?
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