
Un Problema de Etiqueta:
Por más que lo pienso no consigo evitar llegar a la conclusión una y otra vez de que en la sociedad actual en la que vivimos se ha perdido el concepto de elegancia. En una sociedad en la que lo más moderno y actual es formar parte de lo que los medios consideran “el pueblo”, la clase popular que se ha confundido y enrevesado con el concepto de “clase obrera” que se entendía en otras décadas (“working class hero” que cantaba Lennon). Por aquel entonces se defendían otros principios, unos conceptos de ecuanimidad y justicia que se luchaba conseguir para aquellas personas que pasaban tantas horas ganándose el pan de su familia. Hoy el concepto de persona del pueblo defiende tan solo la chabacanería barata y fácil, y lo defienden precisamente personas que, irónicamente están muy alejadas de las clases sociales medias, aunque intenten aparentar lo contrario.
Para no desviarme demasiado del tema en cuestión. La elegancia es a mi modo de ver la belleza aprendida, y al contrario que esta última, gana con el tiempo y la práctica. Y por supuesto la educación. No nos entendamos mal, la elegancia no está reservada a un estilo de vestir o a un modo de comer o al coche y el reloj que llevas. Esos factores no son más que aparentes y además perfectamente discutibles en un mundo plural. Lo que la elegancia remarca es una educación, unas maneras que han perdido su espacio en la sociedad actual. Abrir la puerta y dejar pasar a una señora/señorita, o apartar su silla para que se siente no se ve como elegante y educado, sino como una muestra de machismo. Palabras tan imprescindibles como “por favor” y “gracias” desaparecen lentamente en el vocabulario, quedando abandonadas al olvido de aquellos que defendemos su supervivencia con el uso constante de las mismas. El uso de “buenos días”, “buenas tardes” y otras formas de cortesía se ven tan innecesarios como pueda tan siquiera imaginarse. La puntualidad, en este país especialmente, es más un defecto que una virtud. Y muchos más detalles que demuestran que estamos sufriendo un serio problema de etiqueta.
Me sorprende, y no precisamente gratamente, el hecho de que se vea como algo extraño que use la tercera persona de cortesía, el famoso “usted/ustedes” que quizás algunos de los más jóvenes hayan olvidado (o quizás ni siquiera hayan llegado a conocer) cuando trato con una persona nueva, o alguien de más edad, como muestra de respeto y atención hacia esa persona. Me preocupa que se vea como extraño que pueda ceder mi sitio en un transporte público a una persona mayor o que considere que pueda necesitarlo más que yo. Me parece extraño que la gente se sorprenda si me molesto al escuchar una innecesaria expulsión de gases en forma de estridente eructo en un lugar público, seguido normalmente además de una escandalosa carcajada en forma de aprobación de semejante falta de educación. Agradezco que se haya prohibido fumar en restaurantes, en cualquiera de las zonas de estos (siendo como soy ex fumador, y considerándome total y absolutamente permisivo con el tabaco, ya que he fumado durante mucho tiempo y respeto esa decisión) ya que sí, me molesta y mucho tener que tragarme el humo de una persona que este sentada a mi lado, o sencillamente cerca de mi mientras disfruto de mi cena. Me desagrada sobremanera el escuchar los estruendosos coches (o debería decir naves espaciales tal y como están transformados) con su “música” a todo volumen atravesando mis tímpanos, lo quiera o no.
Quizás me haya quedado anticuado con el tiempo. Reconozco que durante muchos años he considerado como ejemplo a seguir en cuanto a modales y educación a todos esos modelos que se podían mostrar en películas clásicas, como “Charada”, en los que se demostraba una elegancia absoluta, unida a un ingenioso y nada zafio sentido del humor. Lamento no ser una de esas personas que disfrutan del humor fácil y chabacano, de los improperios lanzados sin sentido y de las voces imponiéndose en volumen por encima de en argumentos. Supongo que en algún momento en el tiempo se ha perdido la habilidad de la sutil ironía y la respuesta ingeniosa en el diálogo.
Definitivamente tenemos un problema de etiqueta, que parece ir más allá de los absurdos e imposibles tallas de las tiendas de ropa. La elegancia se ha convertido hoy en día en un traje desusado que parece ser que queda un poco ancho de cintura a la sociedad actual
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