El Curso de la vida:
Por más que lo pienso no logro terminar de encontrar una imagen totalmente fiable de mi mismo. AL igual que si me observara en un sucio espejo de bronce, que me devuelve una imagen distorsionada de la realidad, mi mente se debate entre multitud de opciones, opiniones, argumentos y demás diatribas dialécticas sin fin, mientras que el tiempo modifica una y otra vez los patrones y las ideas que dirigen mi mente.
Siempre me ha hecho gracia esa gente que se enorgullece de permanecer inamovible ante el tiempo. "Sigo siendo el mismo, no he cambiado” es una de las frases más obviamente erróneas que existen en el vocabulario humano, y por extensión en su imaginario. Porque el mero hecho de creer que una persona no cambia con el tiempo no es más que pura fantasía, imposible de realizar. Si suponemos que los cambios no se producen en pequeños espacios de tiempo (cosa que es cuanto menos más que discutible), lo que jamás podremos negar es que la experiencia, con el pasar de los años, modifica nuestros puntos de vista y nuestra propia existencia.
A nivel personal he sido un pesimista descontrolado, un rebelde enardecido, un ácrata convencido, un optimista recalcitrante, y ahora me muevo en una delgada línea de escepticismo controlado. Mi mente está en constante batalla con sus propios principios, dando pleno sentido a la famosa frase del gran filósofo Marx (no Carl, Groucho): “estos son mis principios, si no les gustan…tengo otros”. Sin embargo, el gran paso que ha dado sentido a mi concepto de auto existencia ha sido el definirla en ese espacio de cambio, una vida suspendida en medio del tiempo, sin fronteras definidas, sin señales claras. Un sencillo fluir a través del tiempo, permitiendo que mi mente se moldee al universo según aprende y descubre sobre el mismo.
Saben, muchas veces he pasado horas y horas debatiendo sobre temas de gran carga psicológica y filosófica. Han sido muchas noches de filosofía de salón, rodeado de buenos conversadores, sin llegar a conclusiones más allá del placer de una buena charla. Y cuando sigues dando vueltas a ese círculo sin fin en el cual nada puede quedar definido, es un niño el que te abre los ojos: “Los adultos a veces sois como niños” te dice con su inocencia. Y se te queda una cara de estupidez mientras afirmas con la cabeza pensando “en múltiples ocasiones en lo más sencillo reside la respuesta” La famosa navaja de ockham sigue estando presente en nuestras vidas. Y si, el chico tenía razón, en muchos casos lo único que diferencia a los adultos de los niños es el precio de los juguetes con los que juegan.
Pasar años madurando, convirtiéndote en un adulto, encontrando el camino que consideras adecuado, afianzándote como una persona de provecho. Y cuando crees que tu vida está bien definida, un niño de 11 años te devuelve a la realidad: “los adultos sois como niños”. Quizás la vida no sea tan compleja como en muchos casos nos la quieren plantear. Quizás debamos seguir adelante, sin eludir responsabilidades, pero observando la vida desde una perspectiva más simple. Al igual que un niño, el cielo es el cielo, una piedra es una piedra, y una hora es una hora. Quizás debamos recordar la facilidad con la que podíamos pasar del dolor a la alegría y, en nuestra eterna búsqueda de la felicidad, encontrar el modo de disfrutar del viaje.
He sido un cínico, he sido un tanto maquiavélico, quizás políticamente incorrecto. Budista, católico mahometano… He sido todo lo que alguna vez ha estado por menos de una milésima de segundo en mi cabeza, porque al menos durante ese corto espacio de tiempo ha estado allí, lo he experimentado. Los cambios siguen latentes en mí, y el desorden es sin dudas el estado mental que ordena mi rumbo, al igual que dirige estas líneas. Pero hay una cosa que nunca he dejado de ser, aunque se me hubiera olvidado que lo era: Aquel niño asustadizo y apasionado por la inmensidad de la vida que se extendía ante sus ojos.
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